Un hombre blanco y delgado, con barba larga y sucia. Un turbante negro y unas ropas del oriente medio. El hombre se acercó a la entrada del LEP (Laboratoire de Electrophisiologie de Paris). Por la ventana de mi oficina, yo lo veo entrar y hablar con la secretaria. Ella se dirige a mí para decirme que alguien me busca. Christian Mallory me explicó que los cálculos de potenciales a nivel del lóbulo parietal podían predecir el umbral de excitación que se debería lograr para que el potencial electromagnético del cerebro pudiera modular la continuidad del espacio tiempo y de esa forma hacer revitalizarlos lo que hasta a ese momento se llamaba “viajes mentales en el tiempo”.Christian Mallory me conto que había logrado llegar a Ismil en Turquia y aprender una técnica para incrementar el poder y disminuir el umbral de activación para el potencial del viaje en el tiempo (T350). Esta capacidad inminente en el ser humano había sido descubierta por un profesor de la cátedra de Psicobiología Temporal y un estudiante que trabajaban en un proyecto que yo no comenzaría sino hasta los próximos 30 años. Mallory no me comentó cómo y porqué había regresado.
TakeFive
Friday
Wednesday
El hombre de la novela
Había una vez un hombre que leía un cuento. A este hombre le gustaba leer cuentos sobre personas que leen otros cuentos. Una vez leyó una novela policíaca donde el detective usaba un cuento para predecir los crímenes que ocurrían en la historia. Ahora el hombre leía sobre un tipo que escuchaba jazz en el tramway. El hombre leía su novela en la casa, en el tren cuando viajaba al trabajo, Y de vuelta cuando regresaba a su casa. Ponía marcas de colores en sus cuentos. Para saber dónde iba y no perder tiempo buscando la página cuyo número no se iba a aprender de memoria. Peter escuchaba Summertime cuando viajaba en el tramway. Cuando escuchaba la voz de Louis Armstrong se imaginaba que estaba en una película muy antigua. De los años 50. Peter normalmente usaba traje para ir a trabajar. Pero era verano. Y usaba un viejo poleron verde que le había regalado un viejo amigo de esos de la época de infancia. Cuando se detenía en alguna estación, observaba el andén en busca de algo. Tal vez alguna señal que le indicara que él debía estar ahí. Tal vez alguna señal que su vida, como la de cualquier otro hombre, no era producto de un azar cósmico, sino que tenía un sentido y un propósito específico. Cuando el hombre salió de la estación empezó a llover y el agua que caía del cielo mojaba algunas páginas que contenían el cuento que leía. De súbito, Peter alzo su mirada al cielo, y vio pequeñas gotas de agua. Extrañamente esas gotas caían de un aislado par de nubes sobre el cielo azul brillante. De hecho, esas dos pequeñas nubes parecían dos grandes ojos. Dos ojos que lo miraban y que... parecían leer su mente. Furioso, Peter alzó su mano al cielo. Su mano se volvió gigante y pudo proyectar sus dedos en aquellas nubes tipo ojos, haciendo como que picaba con sus dedos aquellos ojos espías. El hombre que leía no pudo continuar leyendo su cuento nunca más, tenía algo que le picaba en los ojos. Decidió que estaba cansado y metió su cuento en el bolsillo. Peter se había calmado, y subía nuevamente a tomar el próximo tramway. Leía un cuento que no terminaba de entender. Leía sobre un hombre, o tal vez una mujer. No quedaba bien claro. Sobre una persona que leía un cuento en su computador. Un cuento de esos raros. Que parece que no terminaban con la última palabra. El sujeto leía su cuento y súbitamente se webcam se enciende, y escucha el típico sonido del google talk. El sujeto se siente observado. Como si alguien lo estuviera viendo. Como leyéndole su mente.
Friday
Metro
Habían pasado 102 años perfeccionándolo. Michael recordaba su primer viaje. Su abuela se esforzaba por hacerlo parecer fácil, pero ella misma tenía problemas accediendo a la entrada. No son de mi época, decía. Antiguamente tú pasabas una tarjeta por un visor. Después hacías girar el torniquete y pasabas a través de él. Ahora es el torniquete el que pasa a través de ti. En el siglo XXV Paris ya contaba con el nuevo sistema de metro, contraparte local del sistema de trenes que unía todo el planeta Tierra. El antiguo sistema de metro del siglo XXI fue gradualmente reemplazado por el sistema de trenes extremadamente rápido, el TEV, Train extrêmement vite, capaz de atravesar en 10 minutos Paris, desde Saint Lazare, para llegar a la estación Victoria en Londres. Había 40 paradas entre ellas. Michael se detuvo ante el cilindro plateado que escaneaba su tarjeta de identidad, y verificaba su saldo en la tarjeta europea de transporte. Un gran ojo de vidrio le guiñó, y le invito a pasar. Con el advenimiento de la tecnología New Light, desarrollada para el Programa Espacial Europeo, fue posible acercarse mediante un sistema de campos de materia oscura a la velocidad de la luz. Michael se detuvo ante los vidrios ligeramente obscuros, y se sentó. Sólo un detalle preocupaba a los ingenieros que desarrollaban este nuevo sistema. El viaje se haría tal vez, demasiado rápido. Demasiado rápido no para el cuerpo, pero para la mente. Era un 25 de Febrero del 2402, y Michael sería el primero de una serie de ensayos para probar una mejora significativa en la velocidad de este transporte. El 25 de Febrero del 2402 hubo un incidente. Cuatro pasajeros quedaron en coma debido a que el tren alcanzó tal velocidad que el cerebro de aquellas personas no pudo recuperarse jamás. Sin embargo, algo extraño le paso a un quinto pasajero. Michael se sentó junto a cuatro pasajeros en la única cabina de prueba que existía en ese momento. En tanto el viaje comenzó sus compañeros de viejo empezaron a presentar problemas para mantenerse de pie, y cayeron inconscientes en el suelo. El sujeto, Michael Vargas, deliraba que había tenido visiones de otro mundo. Después de asiduos exámenes no se pudo concluir nada. Michael se sintió mareado. Súbitamente, una puerta se abre. Avanza un paso y se encuentra junto a una multitud. Se escucha una voz en un extraño lenguaje y a través de un extraño aparato que no hacía posible escuchar bien esa voz. Alcanza a entender algo como “Paris Nord”. Le pareció escuchar una antigua versión del idioma galo. A cien metros pudo encontrar una salida. Una escalera que no se movía. Súbitamente, cae al suelo, cierra y abre los ojos. Rodeado de personas se puso de pie, el resto de sus compañeros no se levantó nunca más. Pensó en los antiguos, largos y pesados viajes de 30 minutos que le describía su abuela. Al menos este fue un viaje corto, pensó.
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